Cambiaste de profesión (II)

En el post anterior hablábamos sobre cómo una cuenta de resultados saneada equivale a que el edificio no se caiga.

Y para desmontar la idea de que ser un empresario es como ser profesional, sólo que más, haremos un pequeña comparación. Una vez más, podemos utilizar el símil de la arquitectura: para que un edificio no se caiga y tenga lo mínimo imprescindible hay que saber y hacer muchas cosas. En una empresa, para que no se caiga, también hay que saber y hacer muchas cosas. Estas cosas consisten en tener un plan, conocer herramientas básicas de análisis de la situación, saber posicionarse en el mercado, tener nociones de ventas… etc. Es decir, mucho más que obligarse un par de veces al mes a hablar con los contables.

En realidad, sí se parece a lo que hacías como profesional, sólo que aplicado a otra profesión: la de emprendedor.

Hoy, tu antigua profesión (esa por la que aún te defines a veces) solo te sirve para evaluar la calidad del servicio que tu empresa ofrece, para tener criterio a la hora de elegir proveedores y para poder vender, si se trata de una venta técnica.

Pero, si lo piensas un poco, estas cosas las podría hacer otra persona en tu empresa. De hecho, si crece, tendrán que hacerlas otros.

Lo que nadie puede hacer en lugar del empresario es dirigir el barco. ¿En qué consiste esto? Principalmente en mantener el impulso motriz de la empresa, también en aprender qué cosas necesitas saber y llevarlas a la práctica. También en tener un rumbo claro y contrastar constantemente si mis acciones sobre la empresa mantienen el rumbo fijado y si no es así corregir.

Esto quiere decir, en pocas palabras, desarrollar la mentalidad de empresario.

Ser empresario no es para todos: requiere coraje, valor, apertura a lo desconocido, capacidad de asumir riesgos, poder vivir con inseguridad. Por eso los posibles beneficios son tan extraordinarios: dinero, libertad, tiempo libre…. éxito.

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